LO QUE ODIO DE LAS BODAS


Sábado, 20 Mayo 2017
LO QUE ODIO DE LAS BODAS

Resulta que es lo mismo que me hace amarlas.

 

Reconozco que a mi cada vez menos corta edad tampoco cuento con un bagaje nupcial capaz de extrapolarse a cada una de las bodas que se celebran diariamente en este país (una media de 463 en 2015, según datos del INE). Sin embargo, y visto que en ese mismo año se firmaron 96.562 sentencias de divorcio (lo que nos daría una media de 264,5 al día) tal vez sea el momento de que, de una vez por todas, alguien remarque esos odiosos hábitos que se suceden uno tras otro en las bodas, camuflados bajo esperanzadores gritos de “¡viva los novios!”.

 

  1. Repetir modelito. Esta es inevitable: no serás la única en lucir ese mono de estampado floral y escote asimétrico tan estupendo que guardaste con recelo durante semanas en tu armario. ¿Por qué? Porque lo compraste en Zara, tentando a la suerte una vez más y haciendo caso omiso a todas las estadísticas. Gracias Amancio.

 

  1. Hasta siempre tacones. Y no estamos hablando del placer de descalzarse, sino del misterioso fenómeno por el que cada vez que tratamos de caminar por el césped con paso firme, nuestros stilettos se hunden varios centímetros en el barro, obligándonos a buscar el equilibrio con los brazos cual funambulista.

 

  1. El peinado. O las dos docenas de horquillas que sujetan ese recogido mientras le regalan una dulce sesión de acupuntura a tu cráneo. Del maquillaje que resultó no ser waterproof mejor ni hablamos…

 

  1. El 'clutch'. Monísimo, ideal y de diseño pero, ¿dónde narices lo guardo durante el resto de la noche? Acabarás agitando el cuello como Raffaela Carrà con el susodicho entre las rodillas. Fin del asunto.

 

  1. Las invitaciones. Esa extraña tradición por la que los nombres de los padres encabezan unos rocambolescos tarjetones con caligrafía de monje y que bien merecerían estar escritos en castellano antiguo.

 


 

  1. La localización. Porque si el novio es de Santiago de Compostela y la novia es de Benidorm, ¿qué narices hacen casándose en Cádiz?

 

  1. El transporte. Ese apasionante viaje en minibus que nos trasladará desde la civilización hasta una incomunicada finca en la sierra (y viceversa) y tus admirables esfuerzos por no echar la pota mientras los novios viajan en un flamante Rolls Royce antiguo.

 

  1. La impuntualidad. Que digo yo que si ya sabían que tendrían problemas para encontrar la iglesia y el vestido necesitaría algún remiendo de última hora, podrían haber citado a la novia un poco antes.

 

  1. La distribución de mesas. No estoy pidiendo una butaca en esa mesa repleta de pibones, pero la de los niños, ¿en serio? O en su defecto la de los solteros variopintos que se asemeja más a un cajón de calcetines desparejados. Lo que sea por hacer la comida de cuatro entrantes, tres platos principales y dos postres, más liviana.

 

  1. Y hablando de niños… Si no hay servicio de animación y una barra libre homologada a menos de 10 metros, se debería estudiar lo de restringir el acceso a menores. Así, pensando en voz alta.

 

  1. Reencontrarte con tu ex. Pensabas que esta vez sería diferente, que no aparecería en la boda de aquel amigo que te echaste en un Erasmus en Finlandia. Pues bien, la vida da muchas vueltas y resulta que son primos segundos. ¿LO PEOR? Recordar lo bien que le sienta el esmoquin.

 


 

  1. Los excesos. Porque es la segunda vez que tengo que esquivar un tocado para no perder el ojo derecho y mi lubina sabe misteriosamente a Chanel nº5. Recuerden señoras, menos es más.

 

  1. Lo que se pierde en las bodas. Desde esos pendientes tan monos que estrenabas hoy hasta la dignidad, lo de volver completa a casa se antoja difícil.

 

  1. La música. Las envolventes voces de Il Divo cuando los novios entran en la sala mientras la madre de la novia se seca los chorretones de rimmel con una servilleta. Así, en plan casual antes de los aperitivos.

 

  1. La máquina del tiempo. Porque hay quien se empeña en convertir el día más feliz de su vida (o eso dicen) en un tormentoso viaje al pasado, así que no faltarán los vídeos precarios (con sus respectivas rótulos en Comic Sans) para recordar cómo era el novio cuando todavía iba en pañales, y en el instituto, y en su graduación, y en su primer viaje de novios… Acabemos con este #TBT emocional.

 


 

  1. Las fotos. Son las 15:00 y eso que eclipsa al cuarteto de cuerda son mis tripas pero no pasa nada porque los recién casados están retorciéndose sobre el césped para inmortalizar de forma casual este día tan especial. Y todos sabemos que esa imagen irá a 50x50 sobre la tele del salón. ¿Peor aún? La moda de coger un avión para hacerse el book en algún lugar exótico. ¿Volver a enfundarme ese vestido para posar en un paso de cebra de Tokio? No, gracias.

 

  1. La comida. El inquietante caso del señor que se pasa la noche cortando jamón en una esquina (un jamón que jamás llegará a la mesa) mientras tú te peleas por esclarecer qué cuchillo es el del pescado y en qué copa puedes servirte el primer lingotazo de tinto.

 

  1. El garrafón. Y para más inri, la resaca que aflora tras cada barra libre. Señores, sabían a lo que venían.

 

  1. Adiós modelito. Destrozarás (o te destrozarán) ese mono tan estupendo que pensabas que iba a sacarte de más de un apuro esta temporada. Que aunque solo te costara 29,99 €, no tenían derecho a tirarte tres cubatas por encima, en estamos de acuerdo.

 

  1. El "¿Y tú para cuando?". "¿Casarme dices? Para nunca, gracias".

 


 

  1. Las parejas que combinan sus atuendos. No me malinterpreten, no me refiero al típico guiño que asemeja el tono del vestido al de la corbata, sino a esas camisas de colores descarados que imitan el brillante raso del vestido de su esposa hasta convertirles en un único cubilete de parchís.

 

  1. Las peleas. Como esos hermanos que tras 10 años sin dirigirse la palabra no necesitarán más que una opinión sobre si la carne está al punto o muy hecha para saltar al ring y protagonizar el primer punto de giro del enlace.

 

  1. Los photocall. No, no voy a sujetar ese mostacho sobre mi cara y que quede para la posteridad, pero gracias.

 

  1. El protagonismo. Porque oye no sabrás santiguarte pero te tocará leer en la ceremonia y puede que te cueste recordar el nombre del novio durante más de cinco minutos pero el brindis de lágrima fácil corre de tu cuenta.

 

  1. Entrar en Facebook al día siguiente. ¿Quién es esa rubia a la que abrazo con tanta efusividad? ¿Y ese camarero que me agarra por la cintura? ¿Eso que asoma en el baño es un tigre de Bengala? Y así todo el rato.

 

¿Lo peor? No podrás escapar a galope como Julia Roberts (y seamos sinceros, tampoco habrá un Richard Gere esperándote). ¿Lo mejor? Que ya queda menos para la próxima boda.

 


 

Desde: BAZAAR




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Disculpen las molestias, esto es una Revolución





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